La microbiota intestinal y su importancia en los primeros 1.000 días

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Una revisión publicada recientemente en la revista Nutrición Hospitalaria ha puesto de manifiesto la importancia que tiene el correcto desarrollo de la microbiota intestinal durante los primeros meses de vida para minimizar la aparición de enfermedades en etapas posteriores, por lo que es fundamental cuidar la alimentación en esa primera etapa de la vida.

Se ha publicado recientemente en la revista Nutrición Hospitalaria un excelente artículo de revisión, realizado por expertos en la materia, sobre la importancia que tienen los primeros 1.000 días de nuestras vidas, periodo comprendido desde la concepción hasta los dos años, en la aparición de enfermedades crónicas no trasmisibles en un futuro1.

Existe evidencia científica muy clara sobre la importancia que tiene la alimentación durante el embarazo y en el niño hasta los dos años (esos primeros 1.000 días), por lo que optimizar un aporte de nutrientes para su desarrollo y su salud en ese momento y en etapas posteriores resulta crucial para poder minimizar enfermedades como la obesidad o las alergias.

De hecho, son numerosas las asociaciones que promueven una nutrición óptima en ese periodo. Entre ellas destaca la Organización Mundial de la Salud (OMS), que en su Plan de aplicación integral sobre nutrición materna, del lactante y del niño pequeño quiere priorizar acciones para conseguir mejorar el desarrollo y la salud infantiles en el mundo antes de 20152.

Aunque son varios los factores involucrados en un buen crecimiento infantil y en disminuir el riesgo de enfermedades en etapas posteriores, en los últimos años está cobrando gran importancia el papel que puede jugar el desarrollo de una microbiota intestinal lo más saludable posible y su posible modulación con el empleo de probióticos y prebióticos capaces de estimular el sistema inmune.

Cada individuo posee una comunidad microbiana peculiar que depende de su genotipo y de la exposición temprana a los microorganismos de su entorno. Esto implica que la colonización desde el nacimiento será diferente dependiendo de factores como el tipo de parto, del modelo de lactancia, la edad gestacional, el entorno rural o urbano en que crecemos, el nacer en un país en vías de desarrollo o desarrollado, el uso de antibióticos, especialmente los utilizados para combatir infecciones durante el parto y en la primera infancia, etc. (figura 1).

Un inadecuado desarrollo de nuestra microbiota intestinal durante los primeros meses de vida por el aumento del número de cesáreas, el abandono prematuro de la lactancia materna o, ya en la edad adulta, por el abuso de antibióticos, una dieta inadecuada o el proceso del envejecimiento, nos puede llevar a un estado de disbiosis con una alteración de la microbiota tanto cualitativa (predominio de especies distintas a las habituales) como cuantitativa (menor concentración de bacterias beneficiosas). La consecuencia será la disminución de sus efectos saludables y la aparición de enfermedades3.

Está generalmente aceptado que un recién nacido a término por vía vaginal y alimentado con leche materna desarrolla una microbiota más competente y protectora frente a la aparición de algunas enfermedades. Así, los lactantes alimentados con leche humana tienen una menor incidencia de infecciones, de alergias y de problemas digestivos, un mejor desarrollo neurológico y una menor posibilidad de presentar enfermedad inflamatoria intestinal o diabetes en un futuro.

Otro factor que condiciona el tipo de bacterias presentes en nuestro intestino es el paso de la lactancia a la alimentación sólida. Es en este momento cuando se empiezan a producir cambios en la comunidad microbiana que tendrán como resultado el establecimiento de una microbiota con un aumento de la diversidad, una disminución de las bifidobacterias y una transición hacia una microbiota madura, adaptada a una mayor ingesta de proteína animal y de polisacáridos de origen vegetal, y dominada por los filos Bacteroidetes y Firmicutes. De hecho, hay una correlación entre la microbiota intestinal que va adquiriendo el lactante y la introducción paulatina de los alimentos durante los dos primeros años de vida (figura 2).

En general, se estima que los grupos microbianos dominantes en la microbiota intestinal de los niños de 2 años son similares a los de los adultos, aunque todavía existen diferencias en cuanto a las especies presentes. Al final de la adolescencia se alcanza el clímax y, a partir de entonces, este ecosistema muestra una elevada estabilidad en los adultos sanos aunque hay una serie de factores, fundamentalmente la dieta y el estilo de vida, que la pueden modificar a cualquier edad, incluso en la vejez4.

Los autores concluyen el artículo comentando la importancia que tiene la educación para la salud en este tema para recalcar que los profesionales sanitarios que cuidamos a la infancia, debemos ser los primeros, desde nuestras consultas, en fomentar que madres, lactantes y niños pequeños tengan una alimentación adecuada y una nutrición optimizada en esos primeros 1.000 días.

Bibliografía

  1. Moreno Villares JM, Collado MC, Leis Trabazo MR, Sáenz de Pipaon M, Moreno Aznar LA. Los primeros 1000 días: una oportunidad para reducir la carga de las enfermedades no transmisibles. Nutr Hosp. 2019; 36 (1): 218-32. Disponible en: https://www.nutricionhospitalaria.org/articles/02453/show
  2. Organización Mundial de la Salud (OMS). Plan de aplicación integral sobre nutrición materna, del lactante y del niño pequeño. Ginebra: OMS; 2014. Disponible en: http://www.who.int/ nutrition/publications/CIP_document/es/
  3. Alvarez-Calatayud G, Leis R, Pérez J, Boggio C, Bodas A, Tolín M et al. Probióticos en Pediatría. En: Marcos A, editor. Inmunonutrición, 2ªed. Madrid: Panamericana; 2019 (en prensa).
  4. Alvarez-Calatayud G, Guarner F, Requena T, Marcos A. Dieta y microbiota. Impacto en la salud. Nutr Hosp. 2018; 35 (nº Extra 6): 11-5.
Fecha de última modificación del artículo: 15/04/2019
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